Walter Bulacio, una bandera de lucha contra la represión ilegal

 

Por Pablo Storni.

Se cumplen 27 años de la muerte de Walter Bulacio, un caso emblemático de la represión seguida de muerte en democracia. Un claro ejemplo del cruel y desmedido uso de la fuerza.

Walter Bulacio tenía 17 años, y vivía en Aldo Bonzi, Partido de La Matanza. Estaba cursando el último año de la secundaria y trabajaba de caddy en un campo de golf para poder pagarse el viaje de egresados. Junto a sus amigos alquiló un micro para poder ir al recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, el viernes 19 de abril de 1991 en el Estadio Obras. Su abuela, María Ramona Armas, le dio los 120.000 australes que había ahorrado para su entrada y un papel con un teléfono. “Cuidate, negrito, cualquier cosa llamame”. Le avisó a su madre, Graciela Scavone, que después del show se iría al trabajo, ya que entraba a las 5 de la mañana. Lamentablemente, Walter nunca más regresó a su casa.
Cerca de las 21hs, Walter y sus amigos estaban en las inmediaciones del estadio ubicado en Núñez. Desde las boleterías, anunciaron que ya no quedaban más localidades para el concierto. Después de algunos minutos sin poder encontrar un puesto de reventa, Bulacio y los jóvenes que habían llegado con él a Obras, más un nutrido grupo de seguidores que se quedaron afuera, escuchaban los acordes de Los Redondos frente a una de las puertas de ingreso.
La banda liderada por el Indio Solari y Skay Beilinson era por ese entonces una de las más convocantes de la escena local, y lugares como Obras ya les quedaban muy chicos. Se desplegó un inmenso operativo policial, contratado por la organización del espectáculo, que estuvo compuesto por largas filas de patrulleros, camiones de combate de la Infantería, carros hidrantes y de Bomberos, Brigadas Antimotines, División canes y colectivos de línea requisados para la ocasión.
La desesperación de un grupo de fanáticos que intentaban ingresar como fuera al estadio dio paso a una brutal represión. Walter y sus amigos fueron apresados y llevados a la fuerza a uno de los dos colectivos de la línea 151, e inmediatamente fueron trasladados a la Comisaría n°35 de la Policía Federal. “Jorge, Walter, Kiko, Erik, Leo, Nico, Nazareno, Betu y Héctor: Caímos por estar parados. 19/4/91”, fue la leyenda que Nazareno, compañero de colegio de Walter, inmortalizó en la pared del calabozo en el que estuvieron alojados. En la guardia había más de cien detenidos, cuando la capacidad solo era para cincuenta. Solo setenta y tres estaban registrados.
Bulacio sufrió la peor versión del accionar policial. El comisario Miguel Ángel Espósito, jefe del operativo en su totalidad, se ensañó especialmente con el joven. Un fuerte golpe con el machete de uno de los agentes que lo trasladaba a la celda de menores le produjo constantes y cada vez más intensos mareos y dolores de cabeza y vómitos. Sus compañeros de a poco iban siendo liberados, sólo quedaban otros dos más junto a Walter, que a la mañana siguiente fue trasladado al Hospital Pirovano. Graciela y Víctor Bulacio creían que su hijo había ido a trabajar al campo de golf, pero en la tarde del sábado 20 fueron notificados de la situación del adolescente. “Su hijo está internado, porque estaba borracho y drogado”, fue la respuesta que les dieron en la comisaría. Inmediatamente fueron hasta el Pirovano, pero al no haber un tomógrafo en ese establecimiento, fue llevado al Hospital Fernández. Recién a las once de la noche de ese mismo sábado, cuando Walter ya estaba nuevamente internado en el Pirovano, se reencontró con sus padres, con los que ya no pudo intercambiar ninguna palabra. “¿Te pegaron, negrito?”, le preguntó Víctor, y Walter apenas pudo responder que sí con la cabeza. El doctor Fabián Vítolo, que lo atendió en el Fernández, le preguntó quién le había pegado, y contestó: “La yuta”.
El domingo 21 por la mañana, se efectuó un nuevo traslado, esta vez al Sanatorio Mitre. Después de entrar en coma, el viernes 26 de abril de 1991, una semana después de su detención, Walter Bulacio murió. Su nombre se convirtió en un símbolo de la lucha contra la violencia en manos del Estado. Las Marchas del Silencio encabezadas por familiares y amigos de Bulacio convocaron a miles de personas, en su mayoría jóvenes, que salieron a las calles a reclamar justicia, esa “justicia” que tardó muchos años en llegar, y que llegó con sabor a poco, casi nada. En la segunda de estas marchas, los manifestantes ya habían dado su veredicto: “Yo sabía, yo sabía, que a Walter lo mató la policía”, fue la expresión popular hecha canción que apuntaba a esclarecer lo sucedido. La abogada patrocinante de la familia Bulacio, María del Carmen Verdú, fundó ese mismo año la CORREPI (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional), una organización política que hasta la actualidad promueve la defensa de los Derechos Humanos al servicio de la clase trabajadora y el pueblo sometido al accionar represivo del Estado.

 

Marcha del silencio por Walter – Entrevista a Víctor Bulacio y la abogada María del Carmen Verdú

La defensa del principal acusado por el crimen dilató durante mucho tiempo los plazos del juicio, que llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En septiembre de 2003, el organismo internacional condenó al Estado Argentino exigiendo que continúe la investigación que había sido cerrada por los tribunales locales, ordenó indemnizar a la familia de Bulacio y declaró que la causa es imprescriptible por tratarse de un crimen de Estado con iguales características que los de lesa humanidad.

 

Veintidós años y medio después, el 24 de septiembre de 2013, comenzó el juicio por el Caso Bulacio. Miguel Ángel Espósito sólo fue juzgado por el delito de “privación ilegal de la libertad”, no así por la muerte de Walter. El entonces ex comisario fue condenado a la pena de tres años de prisión en suspenso, sin cumplimiento efectivo. La querella solicitó que fueran seis años y que se lo condene por homicidio, pero el pedido no tuvo efecto y la condena quedó firme.
María Ramona Armas encabezó cada una de las marchas en memoria de Walter, y fue una luchadora incansable en búsqueda de justicia. Falleció el 4 de octubre de 2014, a los 85 años. Fue la abuela de todos los que se acercaban a manifestarle su apoyo y un claro ejemplo de fortaleza espiritual, que veía reflejada en cada joven la figura de su amado nieto.

 

Walter Bulacio no pudo entrar aquella noche del 19 de abril de 1991 al recital de Los Redondos en Obras, pero entró para siempre en la memoria de un pueblo que clama justicia y que dice basta a la opresión y a las muertes injustas en democracia.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: