Malvinas: sólo cruces y flores en el jardín

 

Por Yaye Amorin.

Hacia 1982, la última Dictadura Militar celebraba 6 años nefastos de gobierno. Mientras la ineptitud y la incapacidad para gobernar se tornaban cada vez más evidentes e inconducentes para la continuidad dictatorial, la lista de desaparecidxs acumulaba varios ceros y la economía caía en fuerte depresión, en la vereda opuesta la desesperación y el hartazgo popular comenzaban a ser más fuertes que el miedo: los partidos políticos se agrupaban en la Multipartidaria Nacional, los sindicatos empezaban a reactivarse, y el silencio ya no era salud. El mundial había terminado hacía mucho y el terrorismo de Estado ya no era efectivo; los militares necesitaban conseguir popularidad -a cualquier precio- para sostener lo insostenible durante algún tiempo más, y así llegar con algo de gobernabilidad y sin desmoronarse a la transición con el futuro Gobierno democrático, cada vez más inminente.

El 2 de abril, las tropas argentinas -integradas en su mayoría por chicos recién salidos del secundario, sin preparación militar suficiente y sin haber sido consultados previamente para participar de una guerra que ya estaba perdida- desembarcaron en la Isla Soledad.

“Las bombas nos explotaban al lado, escuchábamos las balas pasar cerca, y no fueron dos horas: fue durante más de dos meses. Y no nos pasó eso porque se nos ocurrió un día ir a bailar o a trabajar o de vacaciones. ¡No! A nosotros la dictadura nos obligó a ir allá, sin formación, haciéndonos cagar de frío y de hambre con 18 y 19 años, la misma edad que tienen muchos de los que sobrevivieron en Cromañón”. Ramón Garcés, veterano de la Guerra de Malvinas.

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La sentencia de muerte de los 650 hombres que fallecieron durante el conflicto, y de otros tantos que se suicidaron después (no hay cifra oficial, pero se estima que son entre 500 y 600) ya estaba rubricada, y se reafirmó el 10 de abril, cuando el dictador Leopoldo Galtieri, con siniestra oratoria, dio un claro mensaje al secretario de Estado norteamericano y mediador en el conflicto, Alexander Haig: «Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla».

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¿Qué mejor que un enemigo externo para distraernos de los conflictos internos?
La plaza llena, las banderas impolutas, la multitud popular y el clamor por la recuperación de la soberanía, envalentonaron la torpeza y la irresponsabilidad del teniente general que jugaba a ser presidente.
Mientras los medios nos convencían de que «estamos ganando», como en un Boca-River, la guerra contra la potencia mundial bélica y marítima junto a su aliado obvio, Estados Unidos, y su aliado estratégico, el dictador Pinochet en Chile, causaba estragos irreparables.
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74 días después, el gobernador militar de las Islas Malvinas, Mario Menéndez, firma la rendición argentina ante el comandante de las fuerzas británicas. En los días posteriores, los prisioneros de guerra y los restos de la mayoría de los caídos fueron restituidos al continente, pero 237 hombres, hijos, hermanos, novios, y padres fueron enterrados en el Cementerio de Darwin; 121 de ellos, con el único epitafio«soldado argentino sólo conocido por Dios«.  
Gracias a la lucha persistente de familiares y a la intervención del excombatiente Julio Aro, la periodista Gaby Cociffi, el coronel británico Geoffrey Cardozo, y el cantante Roger Waters (que fue contactado a través de un correo electrónico en 2012), el Gobierno Argentino y el Británico firmaron un acuerdo a través del cual la Cruz Roja Internacional y el Equipo Argentino de Antropología Forense lograron identificar los restos de 90 soldados.
El 26 de marzo pasado, más de 200 familiares viajaron a las Islas para visitar las tumbas y participar de un emotivo acto en el cementerio argentino.

En noviembre, Roger Waters se presentará en el Estadio Único de La Plata y, probablemente, se reúna con lxs familiares de los ex combatientes. 

Malvinas fue el último acto criminal de la Dictadura y marcó el final de la etapa más oscura, pero no significó el fin del maltrato y desprecio hacia los veteranos. Gran parte de los 23 mil hombres involucrados en el conflicto aún sufre estrés postraumático, piensa en suicidarse, no goza de seguimiento médico  y/o reclama por pensiones. Son las consecuencias del ninguneo y la desidia por parte de un Estado ausente que no se hace cargo de sus propias víctimas y sigue en deuda con la democracia.
La Causa Malvinas no se trata sólo de recuperar la soberanía sobre las Islas, la Causa Malvinas es también los chicos que no volvieron, y los que volvieron pero aún hoy padecen la Guerra.
Ya condenamos socialmente a los militares, sigamos evolucionando como sociedad y también como humanidad: memoria, empatía y honra a las víctimas de Malvinas. Y que el recuerdo de la guerra no sean sólo cruces y flores en el jardín.

#NuncaMás

 

Fuentes: Chequeado, Salud Malvineros.

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