Luz, Cámara, Rock! Volumen XX: Un micrófono, un escenario, una identidad.

 

Por Yaco Weiman

El proceso de crecer es uno que todos atravesamos SI O SI. Imposible de frenar, todo lo que incrementa crece inevitablemente. Y así como esta columna llegó a sus 20 ediciones «oficiales», creció. Para festejar, como siempre me gusta ir en contra de todo, la recomendación de hoy es sobre un ser humano que no crece (o no quiere hacerlo, pero eso más adelante). Peter Pan? NO!

 

 

Esta vez no tengo ganas de dividir esto en secciones, y las razones son varias: 1- lo más probable es que sepas quien es este señor. 2- seguramente ya saben por qué verlo y 3- probablemente ya lo vieron, y sino YA LO ESTÁN VIENDO, VAYAN. En cambio, la reflexión de hoy va a enfocarse  en lo que vine diciendo al principio (dale, fue hace un ratito, miren un poco para arriba y me van a ahorrar repetirlo).

Dando sus primeros pasos en la esfera maistream del stand-up participando en eventos tales como Ciudad Emergente, Luciano pertenece a una nueva generación, o mejor dicho, una nueva especie en el ambiente. Producto de las bondades millenials, él y sus colegas rechazaron seguir una escuela o corriente para abrirse camino, optando por crear una propia, de cero. Sin alienarse de otros públicos, lograron retorcer el modelo existente y adaptarlo a una era a la que le faltaba espontaneidad y frescura (y a la que definitivamente le sobraban y le siguen sobrando las rutinas sobre parejas y sexo). Fue así como, en una suerte de conexión cósmica ala Sense8, nuevas caras en el exterior como Bo Burnham (de quien ya hablé ACÁ) y contrapartes nacionales adoptaron un lenguaje muy MUY parecido. Tomando elementos de la ya clásica comedia situacional, y agregando una dosis casi letal de introspección, este nuevo estilo rompe las barreras de lo cotidiano, metiéndose en un terreno más «existencial» más parecido a una sesión terapéutica que un espectáculo.

 

 

Todo muy lindo, muy fresco e innovador…PERO ¿DONDE ENTRA LUCIANO MELLERA EN ESTA ECUACIÓN?  Bueno bueno, cálmense que ya les respondo. Este joven y su micrófono y sus bolsillos llenos de sueños tomó la posta para representar una de las cualidades mas incomprendidos de su generación, al mismo tiempo que una de las más predominantes: la infancia tardía. Y no hablo del ya típico pendeviejo de toda la vida, sino de una visión positiva escondida en esa superficial falta de adultez.

Hablando de dibujitos, experiencias pasadas y conflictos infantiles que todos tuvimos, Luciano no busca aludir a la nostalgia ni al «antes estábamos mejor» -a tal punto de que lo critica en este mismo especial-, sino a dar una demostración o clase sobre todas esas actitudes que, por las vueltas de la vida o por nuestra propia imposición, aceptamos como parte de una etapa cuando no deberían serlas. Rozando el absurdo en sus planteamientos, puede convertir una situación tan común como esperar en la fila de un supermercado o quedarse a dormir en la casa de un amigo en una crisis mucho más profunda.

Y es abrazando esta idea la manera de mostrarnos que está mucho más lejos de la inmadurez de lo que podríamos pensar. Mientras la mayoría de nosotros tratamos de ser personas adultas, Lucho crece como artista, maestro y ser humano sin dejar de ser un «infantiloide».

 

 

 

Y así concluye lo que debe ser la mirada más rebuscada que se le haya hecho a un especial de stand-up en la historia. Por si todavía no se dieron cuenta, Netflix es el lugar donde encontrarse con Luchito, y en mi pie para retirarme, dejame robarte por única vez y decir: buenas gracias, muchas noches.

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