Foster The People en Obras: Una guía de principiantes para destruir Buenos Aires

 

Por  Yaco Weiman | Fotos Ivan Pinto, cortesía T4F

¿Debería ser fácil hablar de esta noche después de haber tenido a la agrupación como sujeto de estudio en este ensayo, no?

“Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con las cerezas”
Siri acaba de citar a Neruda y ya se hizo realmente complicado.

Bajo el aura carmesí, la frase se repite hasta perder sentido. El ruido toma papel principal, y los perpetradores preparan la escena. Un poco de ritual pagano, otro de siglo XXI, y muchos instrumentos, son la receta que concentra la esencia del momento. Con el carisma de un psicópata, muy lejos quedó el Mark Foster que se escondía detrás de un teclado, reemplazado por su clon criminal y portador de camperas de cuero. Cantando de un extremo al otro y apuntando a todas direcciones, trata de persuadir a las masas tanto como a sí mismo, tornándose en una experiencia íntima pensada para un estadio.

Fusionando cada vez más elementos en simultáneo, nos sacamos cualquier idea de que este podría ser un show de rutina: interludios instrumentales, jams entre canciones, reversiones, arreglos, y hasta covers inesperados son estandartes de lo que estas mentes representan. Espíritus experimentales, sin miedo de alejarse de lo comercial, moldean el sonido contemporáneo para ser tan único como reconocible.

Si ya habían demolido un estigma hace años, ahora sientan las bases en tiempo real. Prácticamente todos los miembros cuentan con un sintetizador en su espacio, e inclusive las cuerdas tienen algún objeto de percusión cerca. No tratan de cumplir una función, sino de abarcar lo más posible, de hacer el aporte más grande y general el ambiente más gigante como si fuera un deber existencial. Osciladores aleatorios y baterías electrónicas se superponen con un bajo Motown y guitarras eléctricas que hacen honor a su nombre, rozando por momentos el noise rock. Con tantos factores tan distantes, es imposible pensar que podrían tener coherencia entre sí, y para sorpresa de muchos pero no de su servidor, la amalgama es tan natural como atemporal, carente de género o limitación.

Pero que es todo esto sino un complemento de la emoción? Resonando en cada ser presente, no son sólo melodías pegadizas lo que nos trae acá. Es la voz de una generación que eligió el sentimiento antes que lo superficial, la conciencia antes que la  fama, la unión antes que la pose. Con sus coros reservados y corazones al aire, actúan como testigos y partícipes de una demostración de paz y catarsis, en la que un frontman con cada vez menos ropa puede ser tan vulnerable como invencible.

Al final, las palabras que se leen de una hoja en el mejor español posible dicen “todos somos familia, todos somos hermanos y hermanas”. Y tienen razón, todos somos hijos de la misma madre: la cultura pop.

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